Limites y Retos de la Democracia Contemporánea

 La democracia, como sistema, tiene sus limitaciones.

La democracia es uno de los temas centrales de la clase. Esteremos abordando el mismo desde distintas perspectivas, espacios y problemas. Uno de estos problemas, son los retos y las limitaciones que la democracia como sistema político presenta.

 

DEMAGOGIA Y EL COLAPSO DE LA DEMOCRACIA

 por Juan Enrique Marcano Medina  

    El demagogo es un animal nativo de las democracias. Es decir, los sistemas democráticos como el nuestro son terreno fértil para el florecimiento y prosperidad del demagogo y por ende, de la demagogia. El demagogo y la democracia son, por tanto, como uña y carne. Precisamente, ambas palabras poseen una misma raíz etimológica; demo, significa, “pueblo” en griego; por lo que, por una parte democracia significa, “gobierno del pueblo” y demagogo, “líder o cabecilla del pueblo o, más bien, del populacho”.

    Si nos dejamos llevar por la definición que el diccionario de la Real Academia Española nos presenta de demagogia; “Degeneración de la democracia, que consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, traten de conseguir o mantener el poder”, tendríamos que concluir  que el demagogo no practica propiamente hablando la política (democrática) ya que ejercitar la demagogia constituye una “degeneración” o una adulteración de la democracia.

   En la filosofía política se conoce bien la clasificación Aristotélica de los regímenes políticos. Aristotéles explica que existen tres tipos de gobiernos; el de una sola persona, llamado monarquía, el de los pocos, llamado aristocracia, y el de la mayoría, a la cual llama politéia o democracia. No obstante, cada uno de estas formas de gobierno tienen su contraparte, que se originan cuando la forma original de gobierno de desvirtua. Tal como nos explica Aristotéles, cada uno de estos gobiernos se corre el riesgo de corromperse, degenerar y desvirtuarse. Ello ocurre cuando la clase gobernante o lideres politicos comienzan a tomar decisiones y a actuar en  busca de su propio bien y para adelantar sus propios intereses, en vez de gobernar en vista del bienestar de todos los gobernados.  Así pues, la monarquía degenera en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en tiranía de la mayoría o de la muchedumbre.

  Para Aristóteles, este último tipo de gobierno es el peor de todos, pues desgraciadamente la muchedumbre ignorante y acrítica es fácilmente manipulada por el demagogo quien teniendo las riendas de la política de dicha sociedad se abroga el poder de interpretar los deseos e intereses del pueblo y de hablar en su nombre.  Para convertirse en la supuesta voz del pueblo el demagogo recurre a la retórica y a los medios publicitarios para adular los sentimientos de la multitud que le escucha y le sigue ciegamente. Precisamente, Aristóteles definía al demagogo como “adulador del pueblo”.

   El adulador “altera” la naturaleza de su audiencia, adulterando y corrompiendo las emociones de los individuos y convirtiéndolos en sus fervorosos fanáticos y fieles seguidores. Este Manipula psicológicamente a la muchedumbre exacerbando sus peores y más destructivas emociones, como el rencor, el odio, la ambición y el miedo para obtener  asentimiento para sus planes y proyectos políticos aparentando que es dicha muchedumbre la que le habla y le exige tomar acción. Pero una vez obtenida la aprobación de las masas el demagogo se instala en el poder para servirse del pueblo, del su cargo público y de los privilegios que obtiene en virtud de su nueva posición. El demagogo no desea el bien para el pueblo, sino que simplemente lo utiliza para sus propios fines, sea el acceder al poder o el de permanecer en su puesto para luego actuar de manera autoritaria e incluso tiránica. Y es que este tipo actor político no toma para nada en cuenta los intereses verdaderos de la nación, ni le importa mucho las consecuencias de sus acciones y discursos demagógicos.

   Pero cabe aclarar que no es solamente el mal llamado líder político quien actúa demagógicamente en nuestra sociedad. El dirigente obrero, el jefe patronal, los periodistas, el activista religioso y los mal llamados analistas políticos, entre otros, también hacen uso de la demagogia cuando desean también adular al pueblo, manipular la opinión pública y conseguir adelantar sus agendas e intereses con el favor de la muchedumbre. Pero los intereses de estos tampoco contribuyen realmente a la consecución del bien común ni al mejoramiento de la sociedad en general.

   Como mencionamos la demagogia degrada la democracia, porque simplemente no permite que los mejores atributos y ambiciones de la ciudadanía se desarrollen, sino que por el contrario busca apelar, manipular y activar las emociones inferiores de la muchedumbre. En esencia, la democracia consiste en hacer de la política un continuo dialogo entre todos las partes o componentes de la sociedad. La verdadera democracia convierte la política en dialogo, es un tipo de gobernanza que obliga a los componentes de la sociedad a buscar consenso y requiere por tanto una ciudadanía activa y dispuesta a pensar críticamente para hacerse parte integral del proceso deliberativo.

   Esto es lo que hace de la gente un verdadero cuerpo político con plena soberanía; es decir esto es lo que convierte a la gente en pueblo, en ciudadanía.  Pero la demagogia y los demagogos convierten a la mayoría de los miembros de una sociedad democrática en mera muchedumbre, en una masa de personas manipulables y básicamente pasiva, enajenada de su capacidad deliberativa. Es así que un pueblo deja de ser “pueblo”. La gente, en la medida en que sede o delega su soberanía como ha sucedido hasta ahora en nuestro Puerto Rico donde elegimos, pero  luego nada decidimos va perdiendo su soberania.

   Es verdad que de vez en cuando se nos consulta en referendums ciertas cosas, como en el caso de la unicameralidad no tenemos ni tan siquiera el poder para hacer valer nuestras decisiones frente a una legislatura que sin duda se comporta tiránicamente, tanto respeto a este asunto como ante muchos otros. Nuestra actual legislatura, especialmente algunos de sus más altos oficiales,  no solamente ha actuado demagógicamente en muchas instancias insistiendo siempre en que actúa en  favor del pueblo o que a partir de que han escuchado al pueblo, asumen x o y postura, sino no que en repetidas ocasiones ha asumido una posición de corte autoritaria y se ha desempeñado tiránicamente a la hora de tomar o al menos tratar de empujar ciertas decisiones.

   ¿Cómo podemos pues, llamar a nuestro sistema uno democrático? ¿Cómo puede ser el nuestro “el gobierno del pueblo” cuando gran parte de la ciudadanía permanece impávida e inamovible ante tanto atropello por parte de nuestra clase dirigente? Para que exista una verdadera democracia hace falta mucho más que elecciones cada cuatro años y que participemos apasionadamente en ellas, sino que hace falta mucho más.

  Hace falta, por ejemplo, que cada persona sea ciudadano y que nos convirtamos en verdadero pueblo; en un pueblo con la capacidad de ser los verdaderos protagonistas de nuestra vida pública y no en una mera multitud sin forma dividida en pedazos que se mueven al antojo de los demagogos que dirigen cada partido político. Populacho, masa, muchedumbre, multitud, son palabras que no corresponden con el sentido de “pueblo” que deseo comunicar en este escrito. Pero para apreciar con mayor facilidad la connotación de pueblo que quiero transmitir quiero traer a la atención del lector las siguientes palabras del Papa Pío XII en su mensaje de navidad al mundo en 1944:  

“Pueblo y multitud amorfa o “masa”, como suele decirse, son dos conceptos diferentes: El pueblo vive y se mueve por su vida propia; la masa es inerte en sí misma y no puede ser movida sino desde el exterior. El pueblo vive en virtud de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, en la que cada uno –en su lugar y manera que le es propio– es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus propias convicciones. Al contrario, la masa recibe el impulso desde fuera, es juego fácil en manos de quien explota sus instintos y sus impresiones, pronta a seguir según el turno, hoy día una bandera y mañana otra”.  

¿Puede decirse entonces que somos “un pueblo” a tenor con la perspectiva del término que nos presenta el Papa Pío XII? Que el amigo lector llegue a sus propias conclusiones. Pero cuando miramos a nuestro alrededor vemos grupos de gente siguiendo a sus llamados líderes de forma poco crítica. Gente que en general no parece moverse por iniciativa propia. Tampoco parecen estar concientes de sus responsabilidades cívicas y de sus deberes como ciudadanos de una democracia y, por lo tanto, terminan actuando irresponsablemente. Pero no es por casualidad que gran parte del pueblo se deje arrastrar por sus más bajos impulsos dejándose seducir y manipular con facilidad por los demagogos. Claro que no. Ello es producto de muchos factores sociales e historicos como tambien es producto de nuestra propia voluntad, decisiones y acciones, tanto individual como colectivamente. 

    ¿O es que acaso no somos todos responsables de tener los dirigentes políticos que tenemos? ¿Quién es  culpable, sino no nosotros mismos de gastarnos la legislatura que nos gastamos y el desgobeino que nos gobierna? Si nuestros senadores y representantes conforman en su totalidad un circo no es sólo porque nosotros los aguantamos y lo permitimos, sino porque gran parte de nuestra sociedad se comporta cirquensemente. Somos un circo que disfrutamos y nos reimos de nuestros propio espectáculo  y de nuestras propias payazadas.  Mire bien,  porque el circo no esta solamente en fortaleza y en el capitolio. No es la legislatura y el gobierno central los que unicamente se comportan como tal. Muchos de los miembros de la prensa, la propia universidad y de los jóvenes universitarios, asociasiones estudiantiles, los movimientos obreros,  asociaciones comunales, asociaciones profesionales, y otros muchos grupos organizados y sin organizar,  todos, usted y yo, aquellos y los otros, de alguna manera u otra, forman parte del circo.

    Así que si usted, amigo lector, se descubre de pronto en medio de una gran muchedumbre de gente que se comporta como ganado desbocado entienda que usted de alguna forma u otra forma también forma parte de esta masa porque como mínimo tampoco hace mucho por diferenciarse cualitativamente de ella. Porque si no estamos dispuestos a actuar como pueblo, a movilizarnos como ciudadanos, activa y asertivamente, tampoco estaremos dispuestos a dejar de ser circo y tomar las riendas de nuestro sistema socio-politico en nuestras manos.

   La solución a nuestros problemas no se encuentra en la apatía hacia la vida pública que es la forma de rechazo más común entre los miembros de nuestra sociedad que ya se han hartado de los políticos y desaciertos e ineptitudes. ¡No! Tampoco es la de sumergirnos en la angustia y la desesperanza ni mucho menos huir del país. La respuesta a nuestros problemas esta en actuar cívicamente, en la participación ciudadana, en rescatar la democracia de las manos de los partidos y de los demagogos que la han secuestrado para así ser nosotros, usted y yo, los verdaderos forjadores del futuro del país. Si estamos dispuestos a bregar, a meter mano nos corremos el riesgo primero de que se nos pierda por completo la democracia y luego que el país también se nos valla totalmente cuesta abajo. Muchos piensan que, en efecto, el sistema esta totalmente perdido y que ya nada peor que lo que nos sucede nos puede pasar. Esto es sin embargo una mirada muy estrecha de la realidad social de cara a la realidad socio-política por la cual otros países han pasado.  

   El sistema político democrático es tan antiguo como el propio Partenón ateniense, pero en su realidad estructural es muchísimo más frágil que este. La existencia de la democracia históricamente no ha sido un continuo. Ha habido países democráticos donde de golpe y porrazo la democracia ha sido substituida por una dictadura con el apoyo, auspicio y aprobación de las masas (como fue el caso del Chile de Pinochet); y otros que aun haciéndose pasar por sistemas democráticos son conducidos autoritariamente.

   Como explique en un principio, la fragilidad de la democracia la hace vulnerable a los embates y corrosión de la demagogia; misma corrosión que como explica Aristóteles la socava, la degrada y la desvirtúa. La gente de ordinario pensará que resulta sencillo diferenciar entre lo que es y no es democracia y que sería aún más fácil distinguir entre esta y la tiranía. Permítame decirle a usted amigo lector que no es para nada sencillo observar la línea que separa estas dos maneras tan distintas de gobernar porque generalmente las democracias se desvirtúan despacio, y  no se apreciar con exactitud cuando es que ha dejado una democracia de ser democracia  y dónde es que exactamente se comenzó a gestar la tiranía.

    La democracia comienza a degradarse y ha convertirse en tiranía cuando en vez de gobernar el pueblo, gobiernan los partidos cambiando el régimen de democrático a “partidocrático”. Luego sigue el burdo financiamiento de dichos partidos, de sus plataformas electoreras y de sus gestiones partidistas con el dinero del pueblo, lo cual nos impone la obligacion de financiar la partidocracia que es lo que origina el problema en cuestión. Le sigue después el financiamiento de las campañas electorales con dinero mal habid, las  operaciones clandestinas de recaudación de fondos, donde el intercambio de favores politicos es la orden del día y claro, el labado de dinero y el enriquecimiento personal de muchos de los miembros del partido.

    La cosa continúa con el hecho de que hemos desarrollado un muy alto nivel de tolerancia  respecto a la corrupción de nuestros lideres y del resto de personas. Toleramos casi cualquier cosa cuando de corrupción se trata. Se tolera sin dificultad el que los constructores corruptos hagan de las suyas y sean respaldados vez tras vez por los tribunales y nada pasa. Y digo que nada pasa porque, ¿de qué vale que dos o tres protesten si muchos de los ciudadanos que parecen estar verdaderamente molestos con ciertos casos (como lo es el asunto de Paseo Caribe) a la hora de la verdad no se presentan a protesta asertivamente junto con al  grupito que siempre esta dispuesto a meterle cara a este tipo de asuntos? Nunca llegamos a protestar  porque temen ser acusados de algo. Por miedo. La democracia se pierde cuando tememos darnos a respetar. Y es que la democracia se degrada y se pierde como se pierde la dignidad, despacito. Se va acabando cuando toleramos el que nuestro voto por la unicameralidad no se respete. Diezma cuando soportamos que los legisladrones cobren dietas que no se justifican, exagerados estipendios para el auto y sueldos que no son proporcionales al trabajo que realizan.

   La democracia se nos extravía cada vez que los tribunales no hacen realmente justicia y cada vez que la justicia se hace la ciega, la sorda y la muda. Esta se degrada con cada expresión demagógica que le permitimos a nuestros dirigentes cuando proponen cosas o sugieren soluciones a los problemas sin destacar cómo exactamente lo van a lograr y simplemente y dejamos (la prensa y nosotros) que solamente discutan la cosa  superficialmente y den vuelta en lo aparente sin discutir nunca la cosa substancialmente.

   En realidad la agenda de lo que los medios de comunicaciones establecen como lo noticioso, lo importante y que eventualmente se discute, es establecida por los demagogos para que se hable siempre de lo menos importante y se deja lo principal fuera del marco de discusión. Esto lacera la democracia porque socava la base en donde se construye la opinión pública.  La democracia se nos va entre las manos, colapsa, cada vez que no quedamos callados frente a todos los atropellos que cometen el gobierno y las autoridades.

    Los indicios del desmoronamiento de nuestro sistema democrático están por todas partes. Nunca nadie tiene la culpa de nada y cada contendiente acusa al otro del desastre sin asumir nunca realmente la responsabilidad vicaria por ninguna de las metidas de pata que se dan.  Pero como he intentado sugerir, esta es la democracia que tenemos porque es la democracia que queremos. Hasta que no estemos dispuestos a actuar como verdadero pueblo no tendremos una verdadera democracia, hasta que no queramos ser verdaderos ciudadanos no querremos, por ende,  tener  un sistema realmente democrático. En su lugar solamente disfrutaremos de los desabridos frutos  y nocivos derivados  de una  partidocracia mediocre dirigida por una bola de malandrines-demagogos seguidos por un  montón  inerte de gentes que les falta carácter para hacerse llamar genuinamente pueblo, pero le sobran actitudes para ser descrita como muchedumbre o populacho.   

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s